Cementerios

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Artículo de Antonio Luis Galiano Pérez, cronista oficial de Orihuela

El mes que estamos viviendo es el que tradicionalmente dirige nuestros pasos al cementerio, haciéndonos recordar aún más a los seres queridos que nos dejaron. Y en la ‘ciudad de los muertos’, en un día señalado, el ir y venir de las gentes con flores y recuerdos es continuo. Hace unas fechas, un periódico provincial en uno de sus titulares decía: «Autobuses al cementerio cada diez minutos». Se sobreentendía que sería para transportar a los deudos y no a los fallecidos, porque si así fuera se podría cumplir aquél deseo de José de Espronceda en los versos de ‘La desesperación‘: «Me agrada un cementerio/ de muertos bien relleno». ¿Qué pensaría el poeta ante la situación actual de falta de espacio donde enterrar a los muertos y el moderno recurso de la incineración? Lo cierto es que si tuviera que elegir entre los versos de este poema, no lo haría por estos, sino por aquellos otros que dicen: «Me agradan las queridas/ tendidas en los lechos», pues dan más sensación de vida que de muerte.

A fuer de ser sincero, nunca me apetece ir de visita en el día señalado en que va todo el mundo, prefiero sufrir la soledad yo solo (valga la redundancia), y no presenciar el ambiente que reseñaba el periódico oriolano ‘El Conquistador‘ en la tarde del 1 de noviembre de 1911, festividad de Todos los Santos: «Los nichos estaban lujosamente adornados de cintas y flores, rindiendo culto a la vanidad humana», y proseguía, «tampoco faltaron en la puerta del camposanto, los clásicos puestos de rollicos, dátiles y torrados». Este ambiente, más de fiesta que de dolor, hacía que Telesforo, cronista de dicho periódico se lamentase amargamente y elevase una protesta al comprobar la presencia de «gentes que mirando con cruel indiferencia las tristezas ajenas y desoyendo los maternales llamamientos de la Iglesia, asisten al cementerio como asistirían a una fiesta cívica o a un espectáculo recreativo, recorren aquel sagrado recinto sin pizca de respeto profanando aquella tierra con inoportunas conversaciones, risas inconvenientes y acaso acciones poco conformes con la moral y mucho menos con la santidad del lugar». Sea como fuere, tampoco es para tanto, pues el dolor va por dentro y el cariño de los nuestros queda en el corazón. Pero, a pesar de que cada vez me cuesta más girar una visita al cementerio, no resta que otras y en distintos lugares sea una respetuosa visita más dentro del itinerario artístico y antropológico. Artístico, pues en muchos de ellos, el arte está presente en los mismos. Arte funerario, arte al fin y al cabo, que denota creatividad, tal como Justino Marín (Gabriel Sijé) calificaba al lapidario Adolfo Pérez León, como «creador del arte vivo por la muerte».
En ellos, la presencia eterna de personas famosas cuyos nombres han quedado grabados en lápidas y panteones. Así, si en alguna ocasión, después de conocer París, no se debe de dejar de visitar, tras descender del Sacré Coeur y recordar algunas escenas de la película ‘Amelie‘, el cementerio de Montmartre, en el que personajes famosos reposan allí para siempre, como Berlioz, Offenbach, Degas, Zola, Stendhal y François Truffaut. Y si se prefiere el de Père Lachaise, el mayor de los camposantos parisinos, auténtico museo al aire libre en el que se puede vagar durante horas entre obras de arte que acogen los cuerpos de celebridades de todos los tiempos, como los del inventor de la guillotina, La Fontaine, Moliere, Marcel Proust, Apollinare, Oscar Wilde y Chopin.
De igual forma, en Málaga es una visita obligada al Cementerio de los Ingleses, ubicado en la Avenida de Pries, una vez finalizado el Paseo de Reding. En este, en un ambiente romántico y a modo de jardín botánico, los monumentos funerarios se enmarcan en el siglo XIX, arropando sepulturas en tierra cubiertas de conchas marinas. Dentro del mismo se encuentra la iglesia anglicana de San Jorge y en él, curiosamente está sepultado el poeta de la generación del 27 Jorge Guillén. Pero, no todo es arte mortuorio en los cementerios, algunos de ellos destacan por el recuerdo a la crueldad humana que hace meditar sobre la guerra. Me refiero, entre otros, al cementerio americano de Hamm, cerca de Luxemburgo
, en el que prima la simetría en un campo de cruces quebrada de vez en cuando por estrellas de David. Allí reposan, 5.076 jóvenes americanos (la mayor parte de ellos de dieciocho años) caídos en la batalla de las Ardenas, presididos por el general George S. Patton que, aunque falleció un año después en accidente de automóvil en Heidelberg, deseó que su cuerpo estuviera junto al de sus soldados.
Antropológicamente no tiene desperdicio la presencia de la vida en un lugar de muerte. Me refiero al contemplar el Barrio Abu el Seud camino de la Mezquita de Mohamed Alí,
conocida como la de ‘Alabastro’, y en el mismo la Ciudad de los Muertos, en cuyo lugar habitan más de cien mil personas, fundiendo entre mausoleos la vida cotidiana de los cairotas, que desprecian con su bullicio el silencio de los que reposan por los siglos de los siglos. Por otro lado, de todas mis visitas a cementerios europeos, una de las que más me impactó fue la efectuada al judío de Praga, en el Barrio de Josefov.
Cementerio Judío de Praga
Allí, la falta de espacio forzó a la inhumación de un cadáver sobre otro, quedando todo el arte lapidario dentro de un desorden no terrenal.  Invitándote a acudir al camposanto judío el recordar aquella frase este último: «Cuando todo parece terminado, surgen nuevas fuerzas. Esto significa que vives».

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